8/14/2006

Deseaba Alcoholizarla


Deseaba alcoholizarla... estaba tan prieta entre la gente,
parecía que rebosase ese fino vello que componen los
melocotones en su primera capa; y yo, con unacuchilla virgen
entre los dientes, tanteara entre su vientre, desprendiéndole
de esa ligera carga, y haciendo algún tajo rojo, supuestamente
accidental para dejarle las cosas claras como el nombre que
indica que son.
Claro está, que eso es una forma de hablar, metafóricamente de
mis crudas intenciones. Llevaba acumuladas muchas sesiones de
sexo protagonizadas por mis propias manos, estaba claro que
buscaba a una actriz secundaria, que cumpliese bien o no su
papel e interviniese en la salpicadura del final de los eventos.
Entre el zoológico de sonidos, la canción que sonaba perdió fuerza,
y se oía, lejano, distante, ínfimo, el albor de otra composición,
está vez, mas estratégica, trabajada y sentida.
Era sin duda, la pausa que deseaba cada noche.
Miré en los recodos altos, donde la expresión se canaliza mejor, y los trozos de
carne vestidos, no dificultan la tarea.
Subí en un salto seco, y allí estaban todas las cabezas, la de ella incluida,
con pequeños destellos de cristales rotos, y vasos que contenían remedios de euforia
para atajar estados de ánimo. Mi cuerpo se erigió, y esperó a que la música se
purificase en un sonido cadente, allí estaba el viento, allí le seguían cortas
combinaciones de sonidos, formando una escena de delirio, acumulándose la tensión,
en un ritmo firme, hasta llegar a pararse en la percusión, dándole el relevo, de la
boca del aire al estruendo, y la saliva, manteniéndolos unidos. Mi cuerpo era esa
sensación, y se compenetraba con complicidad, intuyendo cada estrofa, esa uniformidad
que solo da el haber mantenido relaciones constantes con ese factor, la evolución,
del hombre y su afinidad para transformar miles de hilos, que juntos componen una
cuerda espinosa, que no todos se atreven a desangrar entre sus dedos.
La melodía concurrió, y mi deseado sino se reunía con el ansia, con el epicentro
en ella, me acerqué mas; pelo liso terminado en los hombros, cara de niña, ojos
tristes, y la actitud que abarca a los que en su mayoría, han estado durmiendo
durante siglos, y desean ser despertados. En mis adentros pensé que sufría el
síndrome del Tordo, pecho pequeño y culo gordo, e imagine sus tetitas simplificadas
a un pezón, aureola, y dos o tres curvas que diferencian su pecho del mío. Más abajo,
en su opuesto, un culo flácido, de los temblorosos, que al ser rotados en diferentes
posturas, muestran sus imperfecciones, achatándose de manera poco polivalente, y
estriándose cuando se sienten presionados, y les separas los mofletes, y ves 4
sinónimos de pelo mal sembrado, recubriendo una estrella de mil vértices en espiral.
Sin duda, era la candidata perfecta a las elecciones de la condena de mis deseos.
Una zorra que intentaba combinar su manera de vestir con rasgos de personalidades
comunes entre el amasijo de gente, y con un cuerpo desproporcionado, mal agrupado,
desordenado, con cientos de ideas venidas de serie en su fabricación, dispuestas a
ser manchadas por alguien fácilmente definible como un Cerdo.
 
-Divide tu cuerpo en partes y llama a las cosas por su nombre, que sepas en cada
momento qué quieres o que estás dando. No hay que vivir en un caos a lo que todo
bonito llaman amor o cariño. Utiliza las palabras con la finalidad con la que se
crearon. Hay miles de significados que no utilizamos y globalizamos en otros. Ven
a la barra conmigo, tomaremos algo.
-Eeeeh…
Separé mi boca del lóbulo de su oreja, y le cogí la mano, mientras la dirigía como
una vaca al matadero, manejando las bridas hacia el amontonamiento de botellas más
cercano. Los diálogos adyacentes, y posteriores son irrelevantes, lo único que
importaba era la entonación, la velocidad, fuerza o carencia de voz, y recordar las
tonterías que resumían su vida. Estudiante, diecinueve años, “me considero amiga de
mis amigos”, soy cariñosa y una gata mala cuando me lo propongo. Eso, y la mezcla de
tres vodkas con lima, la acorralaron a mi coche, y de ahí, a una casa abandonada
donde yo alojaba durante algunas horas visitas oportunas de vez en cuando. Se hallaba
en un estado convulsivo, arrastrándose apoyada en mi hombro, hasta que finalmente la
dejé caer encima de un colchón. Lo recubría un fuerte olor a orín y un collage de
manchas de todo tipo y colores.
Le bajé los pantalones, eran de licra, cubrían un tanga blanco, que a la vez lo
abrigaban las cachas del culo. Le puse un cojín en el pubis, para que le quedaran
las nalgas en pompa. Encendí velas alrededor y le abrí las dos porciones carnosas y
redondeadas que constituían su trasero; era un espectáculo jodidamente espectacular,
sus glúteos abiertos cerca de mi cara, mientras que la suya babeaba bilis mojando la
tela. Derramé un hilo de saliva caliente por mi boca, encharcando su ano, me dieron
tantas ganas de embadurnarle el recto con mis dedos, que directamente le metí dos
separados cada cual por la fina tira de lencería. En esos momentos, ella empezó a
vomitar, parpadeando en un esfuerzo por ver algo, a lo que yo contesté arrancándole
ese prototipo de bragas, enhebrando mi verga en su entrepierna. Las sacudidas
arrastraban sus mejillas contra los restos venidos de sus tripas. Verla así, notar
el escozor de su esfínter rindiéndose, sentir su vagina tan seca y retorcida de
vellos negruzcos, sus pechos marginados sin desnudar, y el maquillaje de sus ojos
combinado con la trallada de su vientre… No tuve más opción que masturbarme con su
garganta, hasta restregarle mi glande lechoso en una conexión armónica de flujos.
La noche transcurrió con total anormalidad, al amanecer ella despertó desnuda con
excepción de los calcetines. Tenia una fuerte resaca, le dolía además la boca,
el coño, el culo y cada una de sus ubres. Su paladar sabia a cada lugar donde mi
miembro se la folló, y al alcohol con sendos tropezones de jugos gástricos. Su
canalillo, sostenía condones usados, rebosantes de esperma y meadas, junto a una
nota escrita en un avión de papel.
Sus manos temblorosas la acercaron a sus pupilas llorosas; recitó en voz baja…
 
Vuelvo en cinco minutos.

Tercera época